Carlos Almasque (ICOM 00) y Catalina Barros (ADS 08), dos alumniUANDES por el mundo

Mayo 2013


Haber estudiado en la Universidad de los Andes no es lo único Carlos Almasque (ICOM 00) y Catalina Barros (ADS 08) tienen en común. Al igual que otros 275 alumniUANDES -de un total de casi 9.000 mil egresados-, ellos dejaron Chile para hacer su vida en el extranjero.

Desde Londres, Reino Unido, y San Antonio, Estados Unidos, cuentan cómo ha sido para ellos trabajar, hacer familia y radicarse en otro país.

Continuando la “tradición familiar”

Carlos Almasque (ICOM 00), el primero de derecha a izquierda -primera fila-, con uno de sus equipos de trabajo en el London Eye,
una de las atracciones de la capital de Reino Unido.

Carlos ha trabajado en Inglaterra, Portugal, España, Chile, Suiza, Brasil y ahora está de regreso en Londres. Sus papás viven la mitad del año en Chile y la otra mitad en Portugal, país donde también está radicada su hermana. Para él, estar radicado en el extranjero es la “continuación de la tradición familiar”. Nacido en Suiza, pero con pasaporte colombiano, llegó a nuestro país cuando tenía 11 años. “Mi papá trabajaba para Nestlé y siempre estuvimos en muchos países”, explica, y agrega que ahora tiene doble nacionalidad.

Hace dos años que regresó a la capital británica, donde trabaja en Firmenich, empresa suiza dedicada a la perfumería y a la producción de saborizantes. Actualmente, está a cargo de los proyectos de alta innovación de uno de los clientes más grandes de la empresa, Unilever.

Carlos recuerda que cuando finalizó sus estudios en la Universidad de los Andes, “mi primer trabajo fue en Londres, luego en Portugal, Barcelona y volví a Chile. Todos esos trabajos fueron en el mismo grupo, WPP”. Esta empresa multinacional británica le dio la oportunidad de cumplir “el sueño de trabajar en publicidad”, que fue lo que lo motivó a dejar Chile. “Surgió esta oportunidad de trabajar en Londres en J. Walter Thompson -subsidiaria de WPP-, donde se ‘escribió’ la publicidad. Partí en una práctica y luego surgió una oportunidad en Ogilvy”, agrega.

La carrera en publicidad acabo llevándolo de vuelta a Chile, motivado en parte por razones personales. Posteriormente, Carlos dejó nuevamente el país para estudiar un MBA. “Quería entrar en alguno del top 25; empecé con los cinco primeros de ese momento y quedé. Eso me motivó a salir de nuevo y hacer una carrera internacional”. Este ingeniero comercial UANDES fue aceptado en el International Institute for Management Development (IMD) de Lausana, Suiza, escuela de negocios que en los últimos tres años ha destacado en rankings de publicaciones como Financial Times, The Economist, Forbes y Business Week.

“Fue una muy buena escuela, una experiencia de vida”, cuenta Carlos al referirse a su paso por el IMD. Esta afirmación adquiere un sentido más amplio cuando añade: “Además, conocí a mi esposa haciendo el MBA”.

Ella, oriunda de San Petersburgo, Rusia, también ha hecho una carrera profesional en el extranjero. Despues del MBA, trabajó en California, mientras Carlos comenzaba su carrera en la casa matriz de Firmenich en Ginebra, Suiza. Finalmente, decidieron contraer matrimonio cuando este alumniUANDES fue transladado a Brasil, mientras que ella fundaba su propia empresa en Alemania.

“Tengo una hija de dos años y ya sea habiéndome quedado en Chile o donde sea, uno quiere siempre darle lo mejor”, dice sobre cómo ha sido para él formar una familia. “Hay ciudades más fáciles que otras. Londres, al ser más cosmopolita, es fácil para una adaptación rápida. En otros países que son más locales, como Brasil, toma más tiempo integrarse profesional y socialmente”, agrega.

Para ello, a Carlos le ha resultado de especial ayuda haber aprendido cinco idiomas: castellano, francés, inglés, portugués y ruso. “El ruso es el más difícil de dominar. Mi esposa le habla ruso a mi hija y yo en español. Y en la guardería, en inglés”.

En materia profesional, sostiene que haber hecho carrera en el extranjero permite especializarse en el manejo de proyectos globales, lo que implica “un intercambio muy rico trabajando con personas de muy variadas profesiones, backgrounds y países. Hay una riqueza grande en el intercambio y en lo que uno puede aportar”.

Además, “te da una visión bastante global de lo que está pasando, da una fuerte movilidad para buscar trabajo y no estar supeditado a la economía de los países para buscar un nuevo paso”.

En su segunda estancia en Londres, Carlos se siente ya muy adaptado, aunque reconoce que hay fuertes diferencias culturales. “Las personas no son tan afectuosas físicamente como en Latinoamérica. He estado en Brasil, que es el otro extremo, más que en Chile”.

De nuestro país extraña “aparte de los buenos amigos, todo lo que es comida. Uno extraña cosas típicas que no son fáciles de encontrar, como unas machas a la parmesana con un pisco sour mirando el mar. Aquí el clima es bastante duro y uno se da cuenta de la suerte que tiene Chile de tener tanto sol”.

Cambio de país… y de apellido

Catalina Barros (ADS 08) junto a su esposo, Gary Rainwater, en un pumpkin patch -huerta de calabazas- en San Antonio. “A estos
pumpkin patch
traes a los niños a jugar, a buscar calabazas y también a veces tienen animales de huerto, como conejos, ovejas, etc. Las calabazas se venden a diferentes precios dependiendo del tamaño y te las llevas a la casa para hacer pumpkin pie, o pastel de calabaza”, cuenta.

El vínculo de Catalina Barros (ADS 08) con Estados Unidos es fuerte: sus padres vivieron ahí durante 14 años y cuando tenía tres años, regresó a Chile con su familia. “Siempre me gustó mucho Estados Unidos. Entonces -cuenta-, cuando tuve la oportunidad hice un intercambio en Disney World”. Corría el año 2006 y esa experiencia no solo representó una oportunidad de desarrollo profesional o la oportunidad de visitar al país que años atrás había acogido a su familia. “Es donde conocí a mi marido”.

“Tuvimos una relación por tres años a distancia hasta que yo me gradué y nos casamos. Estados Unidos siempre estuvo en mi mente como una opción de trabajo. No pensé que me iba a casar con un estadounidense, pero Dios así lo quiso y ése fue mi empujón para venirme a este país donde todo es posible”, explica.

Pero antes de dar ese paso, en 2007 Catalina realizó una pasantía en el hotel Ritz Carlton Key Biscayne, ubicado en Miami, y, tras regresar a Santiago, dos años después trabajó en el Hotel W.

“Me casé en febrero de 2010. Mi esposo es de Dallas, Texas, pero nos mudamos a San Antonio porque consiguió un muy buen trabajo con USAA, una de las compañías más grandes de seguros. Él es manager del Mobile Development Department, en otras palabras, hace las apps de los teléfonos, iPads, tablets, etc. Después de ocho meses de casados me llegó la greencard y el permiso para trabajar en EE.UU. Me tomó dos meses encontrar empleo. Llevo dos años de customer experience manager y estoy trabajando para Ralph Lauren”, explica.

“Trabajo muy duro porque la competencia es grande y jamás voy a estar contenta si soy otra más del montón”, añade.

Pese a los lazos que ha tenido con EE.UU. a lo largo de su vida, Catalina confiesa que hubo costumbres a las cuales le costó adaptarse en un principio, como los horarios de las comidas. Tres años después, el tiempo que lleva viviendo allá, es distinto: “me encanta el ritmo, trabajas de 09:00 a 05:00 PM, puedes hacer deporte y después comer en tu casa”.

Otro cambio importante que debió enfrentar fue empezar a usar el apellido de su esposo, Gary Rainwater. “El apellido de mi marido es cherokee. No sé mucho de la historia de ellos; el abuelo de mi marido murió muy joven, por lo que mi suegro nunca supo mucho tampoco. El tener un apellido indio es visto como algo lindo, con historia”.

Esto ha significado que, por ejemplo, la greencard de Catalina está a nombre de “Catalina Rainwater”, mientras que en su pasaporte figura como “Catalina Barros”.

Durante estos tres años que lleva radicada en EE.UU., esta alumniUANDES extraña “muchísimo” a su familia. “Nunca pensé que sería tan difícil. Yo soy muy apegada a mi mamá y sobrinos. Me duele mucho no verlos crecer”.

También recuerda que recientemente vino a Chile y aprovechó de realizar un viaje a la Patagonia junto a su familia. “Mi marido quedó fascinado y a mí me bajó toda la nostalgia. ¡No hay nada más lindo que el sur de Chile! Extraño la comida chilena y acá es difícil encontrar machas, ají verde, pisco, chirimoyas, etc., por lo que llegué a Chile a comer todo lo típico nuestro”.

Sobre su futuro, Catalina explica que podría estar en otro estado de la Unión. “Tenemos ganas de conocer más lugares y siempre hemos querido volver a Orlando, donde nos conocimos”.



 
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