El deber de la formación

 

¿Por qué un cristiano ha de tener la preocupación de formarse? ¿Cuándo y con qué profundidad estaría cumpliendo con este deber? En este artículo procuraremos responder brevemente a estas dos preguntas que nos sitúan directamente en nuestra relación con Dios.


Respecto del deber de formación, ante todo afirmamos que existe este deber por una razón de amor. Los cristianos nos sabemos hijos de Dios, queridos con locura por un Padre que sólo ansía nuestro bien. Para que nuestra relación con Él obedezca a dicha realidad, y no derive en puro sentimentalismo o en un vínculo de subordinación esclavizaste, es preciso tomar conocimiento de lo que Dios nos ha revelado sobre Sí mismo, nosotros y el mundo. Sólo así, con ese conocimiento, seremos más libres y podremos amar.


Como escribía san Gregorio Magno, la piedad es inútil si falta la ciencia y la ciencia es nada sin la piedad (cfr. Moralia, 1, 32, 45). De hecho, el estudio científico de la fe contribuye a fortalecer la piedad personal y, contemporáneamente, «el afán por adquirir esta ciencia teológica la buena y firme doctrina cristiana está movido, en primer término, por el deseo de conocer y amar a Dios» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 10). Un conocimiento y un amor a Dios que favorecerá un mejor conocimiento y amor a este mundo, que es hechura del Creador.


El amor y el conocimiento, aunque son diferentes, están estrechamente relacionados: el conocimiento de lo bueno nos induce a amarlo y, a su vez, el amor hacia alguien o algo nos mueve a conocerlo mejor, como ocurre con lo que nos interesa: deporte, música, etc. Asimismo, el amor a Dios, que es una tendencia natural del ser humano, desea conocerlo cada vez mejor. Teniendo en cuenta, además, que el concepto de Dios está en el centro de la cultura; esto lo evidencia no sólo el hecho de que el 87 % de la población mundial piensa que Dios existe , sino también el comportamiento de los ateos beligerantes: quien se esfuerza por negar y oponerse a Dios, de alguna manera, considera que es un tema importante.
Una segunda razón que explica el deber de formarse viene dada por el hecho de que, además de conocer y amar a Dios, el cristiano debe mostrarlo a los demás: «Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí» (Papa Francisco, Lumen fidei, 37). Y, para transmitir ese don, es preciso conocerlo bien; de ahí la necesidad de una formación doctrinal que alimente la vida de los católicos y les haga capaces de dar razón de la esperanza a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo (cfr. 1 P 3,15), con caridad, valentía, respeto y recta conciencia: «Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, (…) y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy» (San Juan Pablo II, Christifideles laici, 60).


El tema viene de lejos; el evangelio de san Marcos (16,15-16) recoge estas palabras de Jesús: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará». Algo semejante encontramos en san Juan (Jn 5,24) y san Pablo (Rm 10,9).


Dicho lo anterior, cabe preguntarse: ¿cuánto se ha de conocer? y ¿hasta qué niveles se ha de profundizar nuestra fe? Ciertamente la profundidad de fe que se requiere no es idéntica para todos los hombres, ni en todas las épocas, porque depende de la evangelización, del ambiente social, de la situación de cada persona, etc. Conviene, sin embargo, recordar que todo cristiano, según su estado y condición, debe esforzarse por conocer las principales verdades de la fe contenidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y que han sido propuestas por la Iglesia como reveladas por Dios. En circunstancias normales, el cristiano debería conocer:


- los dogmas fundamentales de la fe: el Credo;
- lo que es necesario practicar para salvarse: los Mandamientos de Dios y de la Iglesia;
- lo que debemos pedir a Dios: el Padre Nuestro;
- los medios para recibir la gracia: los Sacramentos.


No puede, sin embargo, olvidarse que el conocimiento de las verdades de la fe debe ser proporcional a la capacidad y necesidad de cada uno, para que su «amor crezca cada vez más en perfecto conocimiento y en plena sensatez» (Flp 1,9). Por tanto, no podemos quedarnos con los rudimentos de la doctrina cristiana, como no nos quedamos con los rudimentos de algo que nos atrae; hacerlo, supondría una falta de amor a Dios, porque entrañaría un desinterés por conocerlo mejor. Las siguientes palabras de la Biblia pueden aplicarse a los que no se esfuerzan por adquirir una adecuada formación: «Mi pueblo es necio, no me conocen, son hijos estúpidos, no son inteligentes, son diestros para el mal, no saben hacer el bien» (Jr 4,22).


Para ello, disponemos de muy buenos instrumentos, como son el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio, así como el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Resulta muy significativo que desde los inicios de su pontificado Benedicto XVI haya exhortado continuamente al estudio de estos textos para alimentar la fe del pueblo de Dios y poderla transmitir en su integridad; e igualmente los ha recomendado el Papa Francisco. Se podrían añadir otros medios de formación. Lo importante es tomar la seria decisión de practicar con perseverancia alguno de ellos.

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