Jorge Peña expone en seminario sobre el amor y sus metáforas en la Universidad del Desarrollo

Viernes 1 de septiembre de 2017

Para a abordar el amor desde diferentes miradas, con una perspectiva filosófica, literaria, cinematográfica y social, la Universidad del Desarrollo organizó el seminario “El amor y sus metáforas: ¿qué se ama cuando se ama?”, en el cual participó como expositor Jorge Peña, decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades UANDES, con la ponencia “Amabam amaré” (“Amaba el amor”, frase de San Agustín).


El decano estuvo a cargo de abrir el ciclo, que también cuenta con los expositores Armando Roa, director del Instituto de Humanidades de la Universidad del Desarrollo, y Gabriela Gateño, profesora de la Universidad Católica, quienes intervienen el miércoles 6 y 13 de septiembre, respectivamente.


Peña expuso sobre la graduación y mutua relación que se da entre el sentimiento y el acto voluntario, es decir, no sólo querer, sino “querer-querer”.


Esto es planteado en una frase de San Agustín, “donde el peligro inherente al amor-pasión radica en el confinamiento en el propio sentimiento gozoso: no te amo a ti, sino a mi propia embriaguez, mi propia exaltación, y tú como condición de posibilidad de la misma”, explicó.


En Las Confesiones, San Agustín ya había descrito esta experiencia humana: “Todavía no amaba y amaba el amor, buscando a quien amar”. Un ejemplo de ello es la historia de Tristán e Isolda, según planteó el profesor.


“Rougemont señala que Tristán no ama realmente a Isolda, sino a su propia pasión por Isolda: ‘Tristán e Isolda no se aman. Ellos mismos lo han dicho y todo lo confirma. Lo que aman es el amor, el hecho mismo de amar’”, detalló. Aquello no estaría lejos de lo que Rilke llamaba “amor intransitivo”, donde “es un flujo hacia nada, que redunda únicamente en enriquecimiento del ser que emite tal flujo”, agregó.


Pasión amorosa v/s amor verdadero

Pero antes de condenar prematuramente el enamoramiento del amor, profundizó Jorge Peña, conviene advertir hasta qué punto la experiencia agustiniana es una constante de la vida humana.


“Está claro que, a veces, se ama no tanto a la persona cuanto a la propia pasión amorosa, el ‘delirio divino’ mismo en que ésta consiste”, dijo. La cuestión consistiría en que el amor es en sí mismo amable porque es de suyo un bien.


“La experiencia universal de la humanidad confirma que enamorarse es lo mejor que puede pasarle a alguien, porque el amor despierta lo mejor que hay en el yo, y, en consecuencia, el amor se muestra ante los propios ojos como un bien extraordinario”, sostuvo.


El mismo San Agustín decía que “quien ama al prójimo ha de amar también, en consecuencia, el amor mismo”. Por tanto, señaló el decano, hay una dimensión reflexiva en el amor y no es posible enamorarse sin amar el propio amor.


“Pero si se lleva esta reflexividad del amor hasta el extremo, implica el colapso de la realidad misma del amor, puesto que éste deviene en puro narcisismo. Por el contrario, el centro de la atención en el amor verdadero no viene dado por el amor mismo, sino por la persona en su concreción y particularidad absoluta”.

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