Cielo, Purgatorio e Infierno

Jueves 2 de noviembre de 2017

 

 

En este mes de noviembre conmemoramos a todos nuestros difuntos, confiando en que la Misericordia divina los tenga junto a sí en el cielo. Para nosotros, que permanecemos aún en esta tierra, estas fechas son una buena ocasión para repasar las verdades eternas que profesamos al decir: “creo en la vida eterna”.


Ante todo, recordemos que “el cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna" (Catecismo, 1020). Mirado desde Dios, la muerte es Dios que viene al encuentro de la persona. Por eso importa tanto haber vivido en esta vida queriendo recibir la gracia de Dios, abriéndose a recibirle, pues de esta forma el cristiano muere a sí mismo para que Cristo viva en él (cfr. Gálatas 2, 20); ya tiene esta unión con él, por lo que no temerá la muerte, sino que será un simple cambiar de casa, ir a la morada definitiva que Jesús nos ha preparado (cfr. San Josemaría, Camino, 744).


Inmediatamente después de la muerte, cada hombre recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre (cfr. Catecismo, 1022).


No se ha de pensar que es un juicio como el de los tribunales de aquí de la tierra, (no se ve a Dios en este juicio, porque verle sería estar ya en el cielo). Sirve para entender este misterio, la idea de que, a cada uno, antes de morir, se le representa su vida como una película que dura un segundo, y al ver su vida, el hombre mismo decide o a Dios o mantener su afición por el pecado cometido, prefiriéndolo antes que la vida de Jesús, prefiriéndolo antes que acoger su amor misericordioso (cfr. Catecismo, 1033). En el último acto libre antes de morir, el hombre toma la decisión entre el amor o el egoísmo, y llega al juicio con esa decisión tomada. Por eso afirma san Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).


Indudablemente las buenas decisiones realizadas durante la vida facilitarán que esa última elección sea también buena. Y si nos hemos acostumbrado a hacerle caso a nuestra conciencia, dándole gracias a Dios por las cosas buenas que hacemos y pidiéndole perdón por las malas (sabiendo aprovechar el sacramento de la confesión), por supuesto que estaremos bien dispuestos a tomar una buena última decisión.


Si uno se preguntara cómo saber si se prefiere el amor o el egoísmo, una sencilla respuesta nos la ofrece el Catecismo, 1033: “Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46)”.


Dos son, por tanto, las posibilidades: o salvarse o condenarse. Si la persona se salva puede ser que se vaya directamente al cielo (los santos) o que, como una antesala del cielo -y fruto de la misericordia de Dios-, pase primero por el purgatorio para obtener la limpieza de alma que le permita entrar a la unión definitiva con Dios-. (cfr. Catecismo, 1030).


Repasemos unos párrafos escogidos del Catecismo sobre el Cielo, el Purgatorio y el Infierno:

 

  • Cielo: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo, 1024)”. “Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo, sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9) (Catecismo, 1027)”.
  • Purgatorio: “La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador: “Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3) (Catecismo, 1031)”.
  • Infierno: “Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles [...] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:” ¡Alejaos de mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41) (Catecismo, 1034)”. “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo, 1035)”.