Corpus Christi
Corpus Christi (en latín, "Cuerpo de Cristo") es una fiesta destinada a celebrar la Eucaristía con la finalidad de proclamar y aumentar la fe de la Iglesia Católica en Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento.

Los orígenes de esta fiesta se remontan a fines del siglo XIII, cuando las visiones y la veneración al Santísimo de Santa Juliana de Mont Cornillon propiciaron que el Obispo de Liège, Bélgica, ordenara festejar el Corpus Christi en su diócesis. La fiesta se celebró por primera vez en 1247, el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Poco después, en 1264, se produjo el Milagro de Bolsena. Un sacerdote que celebraba la Santa Misa en esta ciudad cercana a Roma, pasaba por un período de dudas y rezaba por fortificar su fe, especialmente en lo relacionado a la Consagración, pues le costaba creer que la Hostia se transformara realmente en el Cuerpo de Cristo. Al momento de partir la Sagrada Forma durante su Misa en Bolsena, brotó sangre de ella, milagro que comprobó el Santísimo Sacramento.

Como el Papa Urbano IV se encontraba en una ciudad cercana llamada Orvieto, el Milagro fue llevado ante su presencia, constituyéndose así la primera procesión del Corpus. El Papa, movido por el prodigio y a petición de varios obispos, hizo que se extienda la fiesta del Corpus Christi a
toda la Iglesia por medio de la bula Transiturus de hoc mundum
del 8 septiembre de 1264, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés. Y aunque ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración, desde sus inicios estuvo marcada por un carácter festivo, según algunos, por interpretación literal de la bula de Urbano IV: “Cante la fe, dance la esperanza, salte el gozo de caridad”.

A partir de la institución de la Solemnidad, la Hostia convertida en carne se sacaba una vez al año en la Catedral de Orvieto mediante una peregrinación que se hacía por el interior del templo para bendecir a los fieles. Así se fue originando la tradición de llevar flores a los pies de la Custodia y se comenzaron a engalanar los pasillos de las iglesias por donde se llevaba al Santísimo. Esta procesión pasó luego a las calles, que fueron cubiertas con alfombras de flores y hierbas aromáticas, llegando incluso a implicar carros sacramentales y danzas, especialmente en las ciudades italianas y españolas hacia la tardía Edad Media. Hoy Sevilla, Toledo y otras ciudades españolas mantienen sus propias procesiones características, como lo hacemos aquí en la Universidad de los Andes año a año.