Entrevista al Pbro. José Miguel Ibáñez sobre el pololeo

Martes 3 de octubre de 2017

 

1.- ¿Cuál debe ser la base de un buen pololeo?
La primera base de un buen pololeo es ésta: que comience (y siga) por el motivo apropiado, el que es su razón de ser: la perspectiva del matrimonio, aunque se vea lejano o incierto. El pololeo es una preparación afectiva, intelectual, social y moral con vistas al matrimonio. Dicho de otra manera: no se pololea
   -por pasarlo bien y entretenerse juntos,
   -ni por remediar una carencia afectiva,
   -ni para salir de la soledad y buscar compañía,
   - ni para adquirir el status social de "estoy pololeando",
   -ni por la vergüenza de no estarlo,
   -ni por escapar de una vida familiar conflictiva,
   -ni por el tedio o por estar parqueado o lateado o aburrido de sí mismo,
   -ni por el sentimiento (ilusorio) de que todos los problemas personales de la vida se arreglan pololeando, 
   -ni siquiera porque a Pepe le gusta la Pepa o viceversa.


En la Exhortación Apostólica "Amoris laetitia" (La alegría del amor) habla el Papa Francisco de ésos muchos que llegan al matrimonio "sin conocerse. Se han distraído juntos, han hecho experiencias juntos, pero no han enfrentado el desafío de conocerse a sí mismos ni de aprender quién es en realidad el otro". Desde ese punto de vista, me parece que en Chile se pololea demasiado, y se empieza a hacerlo demasiado pronto, cuando no hay todavía la necesaria madurez afectiva ni cerebral, ni la suficiente capacidad de conversar.
Sí se pololea, en cambio, cuando
   -ya se tiene la madurez afectiva y psicológica suficiente,
   -y se está sinceramente enamorado,
   -y se presiente con fundamento que él/ella podría ser "el" hombre / "la" mujer de la vida de uno.
 
2. ¿Qué tan importante es mantener cierta independencia o el respeto por el espacio propio durante esta etapa?
Esa cierta independencia es muy necesaria. Cuando no existe, cuando los pololos están demasiado tiempo juntos y no hacen casi nada el uno sin el otro, esa relación demasiado exclusiva y excluyente daña la vida personal y la empobrece. Hay que respetar en el otro su propio espacio familiar, deportivo, intelectual, social, cultural, y desde luego académico. Ese espacio enriquece a cada uno de los dos, y por eso mismo enriquece también al pololeo mismo. He visto pololeos "siameses" (siempre pegados los dos a todas partes), y cómo se gastan antes de tiempo, cómo agotan su energía demasiado pronto, y terminan por languidecer y morir, casi de aburrimiento. Amar es dejar ser al otro en su propio espacio vital personal, para poder encontrarlo luego tal como es. Sólo así el encuentro es pleno.
 
3.- ¿Qué tan importante es el involucrar a las familias en la relación? Como por ejemplo, que las familias conozcan al pololo o polola.
Es muy importante. El pololeo no debe ser ajeno a las dos familias, con las que deben relacionarse si se casan. Hay una razón adicional: hay ciertas cosas de una pareja que los padres ven antes y mejor que los propios interesados, porque tienen más ojos, más psicología y más experiencia de la vida y mejor larga vista. He visto matrimonios fracasados cuyo fracaso podía haberse evitado, porque los padres lo veían venir desde lejos, y no los pololos. Pero, a la inversa, hay que tener cuidado con los papás posesivos, que no respetan la libertad de sus hijos, y casi los sustituyen, como si fueran ellos los que se van a casar, y en ese caso los pololos deben reivindicar su independencia, según les corresponde por su edad y madurez.
 
4.- ¿Cómo puedo darme cuenta de que este pololeo podría avanzar hacia un matrimonio?
Con una buena pregunta: en diez años más, en veinte, en cuarenta, ¿tendremos algo que decirnos, podremos conversar todavía con interés mutuo? Puede ser difícil saberlo, pero hay que proyectarse en el tiempo hasta donde sea posible. Recuerda el Papa Francisco que "el deslumbramiento inicial lleva a tratar de ocultar o de relativizar muchas cosas, se evita discrepar, y así se patean las dificultades para adelante". Y también que "la mera atracción mutua no será suficiente para sostener la unión". En este aspecto juega un papel esencial la pureza, porque la excesiva sensualidad parece que enciende el amor como una llama, pero la llama se apaga rápido, mientras que la castidad es como la brasa que arde debajo y sustenta el auténtico ardor.

Entonces la pregunta es: ¿hay verdadero sentimiento por encima de la pasión, hay verdadero amor por encima del sentimiento, hay ajuste básico de personalidades? Porque estar enamorado no es una garantía segura para el matrimonio, si pasado un tiempo inicial de hechizo (pasivo), el enamoramiento no está abierto a convertirse en un amor activo de donación de sí mismo, de entrega generosa, de sacrificio, de virtudes cultivadas con esmero, en un proceso que comienza ya en el pololeo y se continúa a lo largo de la vida conyugal hasta que la muerte los separe.
 
5.- ¿Qué se recomienda para dar ese paso?
Hay que asegurarse de que existe un sentimiento amoroso fuerte, porque sin serlo todo, ese sentimiento es una energía básica que debe durar lo más posible, para que después se vaya transformando en ese algo más alto que decía, en ese amor que es una verdadera conducta moral, que trasciende hacia arriba. Pero al mismo tiempo hay que pensar por encima del sentimiento, con la cabeza fría, que mucha gente joven desdeña, pero que es absolutamente indispensable. Es con frialdad que se piensa, sobre todo, si se prevé una armonía fundamental de caracteres, y también si existe una convergencia religiosa y moral básica y mínima, tan necesaria después a la hora de grandes decisiones sobre la natalidad, sobre la educación de los hijos, sobre el género de vida que llevarán en común.


Es una ingenuidad mirar en menos esa frialdad, es decir, la inteligencia que debe penetrar en el sentimiento y encarar el futuro con realismo, porque no cuesta nada hacer fáciles apuestas románticas del tipo "nos queremos y basta". No, no basta. Una larga experiencia lo demuestra. Hay que casarse con la cabeza y el corazón, con el corazón y la cabeza: en definitiva, con amor inteligente.