La esencia de una universidad
Miércoles 1 de julio de 2015



Marta Ugarte, profesora de Historia.
Durante estos días, cuando nuestros alumnos se preparan para rendir sus exámenes finales y los profesores terminan de hacer clases y de traspasarles sus saberes, la Universidad se ha llenado de vida y pareciera estar entregada de lleno a su misión: el estudio y la búsqueda de la verdad. La biblioteca, las salas de clases, los pasillos e incluso las cafeterías se han transformado paulatinamente en escenarios de estudio, de repaso y síntesis de la materia, de discusiones académicas y de conversaciones entre profesores y alumnos, adquiriendo una fisonomía solemne y alegre a la vez.

Todo esto evoca en mi mente la vida en la universidad medieval, una institución fundada por algunos de los hombres más preclaros de Occidente, que tuvo como misión la búsqueda de la verdad. Habiendo surgido como corporación de maestros y escolares y manifestando siempre una profunda confianza en la razón, se caracterizó por permitir llevar una vida de consagración al estudio, es decir, de entrega dedicada y gustosa al saber. Entre sus rasgos esenciales se encontraba el de ser un lugar que permite el ocio -en el sentido clásico-, es decir, que el hombre, alejado de sus problemas cotidianos, tuviese tiempo para sí y para reflexionar sobre los temas más importantes; es justamente con este objetivo que el rey Alfonso X “el Sabio”, en sus Partidas, dispone que toda villa en que se establezca un Estudio General -nombre que recibieron las primeras universidades- debe ser un lugar donde profesores y alumnos puedan llevar una vida sana y holgada, donde abunden el pan, el vino y las buenas posadas y donde se pueda morar y pasar el tiempo sin gran costo.

Los estudiantes que ingresaban a la universidad debían cursar un programa de Artes Liberales, que tenía como propósito formarlos y proporcionarles una cultura general que les sirviera de base para especializarse, más adelante, en alguna materia como Derecho, Filosofía, Medicina o Teología. Comenzaba con las disciplinas propias del Trivium, es decir, gramática, retórica y lógica -las ciencias del espíritu-, bajo la idea de que todo joven debía saber escribir correctamente, expresarse con elegancia y destreza y pensar de acuerdo a leyes racionales. Una vez finalizados estos estudios se proseguía con las asignaturas propias del Quadrivium, o sea, geometría, aritmética, música y astronomía -las ciencias de los cuerpos y de los números que los rigen-, tras lo cual el escolar se convertía en bachiller. Podemos ver así que el Bachillerato que ofrece nuestra Universidad, con asignaturas tales como Comunicación Escrita o Pensamiento Crítico, se asemeja, de alguna manera, a este antiguo programa.

La universidad medieval era una institución cosmopolita, debido a que congregaba a maestros y escolares de diversos reinos y regiones, en una época en que la fama de un profesor o la calidad de las clases impartidas atraían a gente que, literalmente, itineraba, a pie o a caballo, con el fin de cultivarse. Su idioma era el latín, el cual hacía posible la comunicación entre gente de orígenes muy diversos así como también un contacto fluido entre sabios de diversas zonas de Europa -que debatían sobre los mismos temas-, la comunicación exacta de los contenidos hacia los estudiantes y la unidad del pensamiento occidental. Su método era la lectio o lectura de un texto dirigida por el profesor, el cual, dependiendo del objetivo que tuviera la clase, podía ser de Aristóteles, san Agustín o algún Padre de la Iglesia, por mencionar algunos ejemplos; esta era seguida por la disputatio o disputa, que consistía en un debate -que podía llegar a ser muy acalorado- acerca del tema esencial de la clase, en un ambiente de libertad y de esfuerzo por llegar a la verdad de forma cooperativa. Como se ve, la clase medieval estaba lejos de ser monótona y aburrida y exigía un esfuerzo intelectual constante tanto por parte del profesor como por parte del estudiante.

En medio de ese mundo variopinto y a veces turbulento fue que cristalizó el ideal del sabio, hombre que dedicaba su vida al estudio y que adquiría la sapientia. El mundo medieval se encargó de ensalzar su figura y de rodearla de honores, tal como manifiestan las citadas Partidas, en las que se afirma que ciertos maestros alcanzarán el título de condes por los años dedicados a la docencia. Sin embargo, y tal como sucede hoy, había en aquella época estudiantes -los goliardos- que frecuentaban las tabernas más que las clases de sus maestros, que citaban a autores de forma superficial para conseguir una jarra de vino y que muchas veces terminaban envueltos en disputas y peleas a causa de su conducta desenfrenada y a veces soberbia, tal como nos recuerdan unos versos dejados por uno de ellos:


“Me propongo morir en la taberna
con el vino muy cerca de mi boca.
Entonces cantarán más alegremente los coros de los ángeles:
‘¡Dios sea clemente con este borracho!’”


La búsqueda de la verdad, la consagración al estudio y el ideal de la sabiduría son rasgos que han estado presentes en Occidente desde los tiempos de la antigua Grecia y que encontraron su expresión más perfecta en la universidad medieval. Hoy en día, pese al paso de los años y a los cambios que ha experimentado la institución universitaria, somos testigos de que algunos de ellos se mantienen vigentes, tal como lo demuestra el ya descrito ambiente que se ha generado, en torno al estudio, en nuestra Universidad.

Marta Ugarte
Profesora de Historia