La ley: ¿legitimador de mayorías o guardiana del ideal?
Viernes 16 de octubre de 2015

 

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Catalina Velarde Lizama, profesora del programa de Bachillerato.

En el siglo cuarto después de Cristo, San Agustín y su amigo Ebodeo discutieron un asunto muy polémico en nuestros días. Para intentar descubrir el origen del mal, San Agustín le pide a Ebodeo tres ejemplos de acciones malas y la razón de ello. Ebodeo elige para el caso, el adulterio, el homicidio y el sacrilegio; y al justificar la razón por la que estas acciones son malas sostiene que lo son porque están prohibidas por la ley. Pero, ¿qué pasaría si creamos una ley que las permita? ¿Serían por eso buenas? Este dilema nos hace preguntarnos sobre la definición de la ley y su objetivo.

Es de conocimiento general que la ley tiene dos funciones principales: permitir y prohibir, y una derivada de esta última que es castigar la acción mala. Pero, ¿qué tipo de acciones permite y cuáles prohíbe? En una de sus cartas el santo de Hipona sostiene que la ley es como una medida que nos indica lo que hacemos en justicia y lo que nos falta. Y san Pablo en la carta a los romanos la llama “el pedagogo”, porque nos muestra lo que debemos hacer y lo que debemos evitar. Sin embargo, esta doctrina supone que hay algo que es bueno y que es justo en lo que todos estamos de acuerdo, y además, que el que no actúa según estos parámetros merece castigo.

Estas medidas universales surgen de la naturaleza del hombre. Éste tiene un deseo innato de felicidad que consiste en alcanzar su plenitud dentro de la comunidad, por lo que santo Tomás sostiene que dentro de la esencia de la ley está ocuparse del bien común. Así, al resguardar la plenitud de la ciudad, se resguarda la de cada individuo.

De aquí podemos deducir que el que actúa mal atenta contra su propia naturaleza, la de los demás o la de la ciudad, y por esto merece castigo. Y en cambio, el que sigue la ley es guiado hacia su plenitud. Pero, ¿cuál es el origen de la ley? ¿De dónde le viene esta cualidad de orientadora hacia el fin? Según Tomás de Aquino, la ley es un mandato de la razón práctica de aquel que tiene que dirigir la ciudad. En el caso del universo, Dios es el que lo gobierna todo, a través de un designio divino que tiene su origen en la misma razón de Dios. Es esta ley la que ordena el día y la noche, los movimientos de los planetas y las acciones instintivas de los animales. Esta ley divina se llama “ley eterna” y hace que el universo creado sea el mejor de los mundos posibles y se mueva hacia su perfección.

Sin embargo, el hombre es libre y no puede estar determinado a actuar sin su consentimiento; es por esto que Santo Tomás afirma que participa de la ley divina de manera muy particular, ya que es capaz de saber lo que debe hacer él mismo y las demás criaturas. Esta inclinación del hombre hacia los fines debidos, que son aquellos que le indicarán la manera de actuar según su propia naturaleza, se llama “ley natural”, y consiste en la participación consciente del hombre en la ley eterna. Esta ley natural se formula en principios universales, de los que después se va a desprender la ley humana o, en lenguaje contemporáneo, el derecho positivo. De esta manera aseguramos que la ley positiva sea coherente con la naturaleza humana y le indicará al hombre lo que debe hacer para llegar a su plenitud.

Bajo estos supuestos, volvamos a la pregunta que hacíamos al inicio: ¿por qué son malos el sacrilegio, el homicidio y el adulterio? Lo son porque van en contra de la propia naturaleza del hombre. El asesinato atenta directamente contra la vida; el sacrilegio, contra su sentido religioso que es lo que le permite trascender; y el adulterio contra una promesa sobre la que se fundamenta su vocación. En los tres niveles se atenta contra el camino del hombre hacia su ser pleno. Por esto la ley los prohíbe.

Entonces, podemos resolver el enigma que planteamos en el título de este artículo: si reconocemos la existencia de una ley natural en el hombre de la que se deriva la ley positiva, entonces podemos sostener que la ley es guardiana del ideal, porque nos señala la manera en que debemos actuar para llegar a ser felices. No obstante, si no reconocemos ningún parámetro absoluto como la verdad y el bien que sean el norte de nuestras acciones, entonces la ley se transforma en un arma en manos de quien tiene el poder con el riesgo de atentar contra la propia naturaleza humana de la que debería cuidar.

 

Catalina Velarde Lizama
Profesora del programa de Bachillerato

 

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