Preparación para Semana Santa

 

La cruz es signo del cristiano. Muchos la llevan colgada en su cuello, está en la cumbre de algunos cerros, abre las procesiones de las ceremonias litúrgicas, entre otras. Pero, ¿cuál es su significado? Porque, ciertamente, como han hecho ver algunos, es un signo que representa a una persona que está sufriendo un tormento (la crucifixión era el tormento que los romanos reservaban para la muerte de ciertos criminales, con el fin de escarmentar a las masas), por lo que colgar un crucifijo en una pared equivaldría a colgar la imagen de un condenado a la silla eléctrica, cosa que, evidentemente, no es para nada atractivo.

 

Por eso cabe preguntarse cuál es su significado y qué es lo que vemos los católicos en un crucifijo.


La respuesta es larga, y aquí mencionaremos sólo algunos elementos, esperando que puedan facilitar la meditación sobre el misterio de la cruz:


1) Comencemos con lo que, quizá, es lo más sabido: la cruz muestra la obra de nuestra redención. Así como por un hombre entró el pecado en el mundo (la desobediencia de Adán, que comió del fruto del árbol que estaba en el jardín del Edén), por un hombre vino la salvación (Jesucristo, clavado en el árbol de la cruz). Jesús mismo lo expresó: “Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).


2) El Papa Francisco ha dicho recientemente que la cruz revela de manera extrema la solidaridad de Jesús con los que han perdido la dignidad porque no cuentan con lo necesario (Carta apostólica Misericordia et misera). En efecto, al ver a Cristo despojado de sus vestiduras, sin honra, sin sus amigos, en una palabra, desprendido de todo, ha querido unirse a todos los hombres, en todos sus sufrimientos y, particularmente, a los más postergados.


3) San Agustín ofrece una interpretación llena de significado eclesiológico, cuando compara a Cristo muerto en la cruz con Adán, a quien Dios hizo entrar en un profundo sueño, le quitó una costilla y de ella hizo a la mujer. Así del costado abierto de Cristo “durmiente” mana la Iglesia y los sacramentos. Y así como el designio de Dios al crear al hombre y la mujer, fue el de que los dos llegaran a ser uno en matrimonio (“por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y formarán los dos una sola carne”, Gn 2, 24), el designio divino de nuestra salvación consistió en que Cristo se donase por completo a su Iglesia, hasta el punto de ser un mismo Cuerpo (la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo).


4) No puede faltar la consideración del Amor de Dios. Jesús se entrega a la cruz identificándose con la voluntad del Padre (“tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único”, Jn 3, 16, en relación con “No hay amor más grande que el dar la vida por los amigos”, Jn 15, 13), no es un mero cumplimiento, es una identificación, de suerte que, parafraseando a Benedicto XVI, en la entrega de Jesucristo en la cruz, con su amor hasta el extremo, nos muestra el amor de Dios por nosotros, que no tiene límites y traspasa toda lógica de justicia. Era el hombre quien debía pagar por sus pecados y es Dios quien se hace hombre para obrar nuestra redención: se traiciona a Sí mismo por amor a nosotros. Y con la manera de morir, hasta la última gota de su sangre, hace visible que su amor por nosotros es hasta el fin.


La cruz es la señal del cristiano porque nos muestra que Dios nos salva, que su amor es infinito por nosotros, y que nosotros, redimidos por Cristo, hechos hijos de Dios en Cristo, hemos de vivir por amor identificados con la voluntad de Dios. Nuestra vida de cristianos ha de ser un darse a los demás: “quien quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24). Y en este darse a Dios y a los demás hay vida. Después de la cruz, viene la resurrección.


Terminamos con una consideración del libro Camino, de san Josemaría: “Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú” (punto n° 178).