¿Qué significa santificar el trabajo y los deberes ordinarios?

 

Como nos acercamos a la fiesta de San Josemaría, quisimos ahondar en uno de los puntos esenciales de su enseñanza. "Estamos llamados al trabajo desde nuestra creación. […] El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal", (Francisco, Laudato si’, n. 128).

 

Y, como había subrayado el Concilio Vaticano II hablando del trabajo, «esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia» (Gaudium et spes, n. 34).

De hecho, podemos entender como trabajo cualquier actividad humana que se realiza para mejorar el mundo material, crecer como persona, ayudar al prójimo y dar gloria a Dios; por eso, en el concepto de trabajo se pueden incluir los deberes ordinarios, el descanso, etc.


Desde los primeros capítulos, la Sagrada Escritura enseña que el trabajo forma parte del designio de Dios para el hombre, que Él quiso como su colaborador (co-laborar: trabajar con Él) en la tierra: «Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Y los bendijo, diciéndoles: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra”» (Gn 1,27-28). «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2,15). Estos textos ponen de manifiesto, de modo sencillo, el designio divino sobre el ser humano: éste, como imagen del Creador y en unión con los otros hombres, debe cultivar y custodiar el mundo, desarrollar sus posibilidades –de las personas y de la naturaleza– participando así del poder de Dios.


El hombre, sin embargo, no es dueño absoluto de la creación, sino un administrador: debe dominar y cultivar la tierra de acuerdo con el plan del Creador. Además, la Escritura muestra la necesidad del descanso en el séptimo día (Gn 2,2-3), que es figura de la vida eterna e indica que el trabajo no es el fin último del hombre, sino un medio para amar a Dios y al prójimo por amor a Dios. De ahí que la Biblia señale dos errores opuestos, que deben evitarse: el primero es considerar el trabajo como una maldición y un castigo, ya que la ley del trabajo es anterior al pecado original; el otro error es exaltar indebidamente el trabajo, considerándolo como vía de auto-redención: sólo Dios es el fin último del hombre.


La actividad laboral de Jesucristo confirma el valor positivo del trabajo: Él asume plenamente el precepto divino de trabajar, sobrenaturaliza su aspecto de fatiga y le confiere su más alto sentido orientándolo a la edificación del Reino de Dios. El trabajo, «habiendo sido asumido y practicado por Cristo, que lo convirtió así en realidad redimida y redentora, ha vuelto a ser una bendición de Dios» (San Juan Pablo II, Homilía en la Celebración de la Palabra, Uruguay, 8-V-1988), y muestra su significado más noble: «El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa qué puesto ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio» (San Juan Pablo II, Laborem exercens, n. 27). Jesucristo enseña a los hombres a trabajar tenazmente como Él hizo, pero sin dejarse cautivar por el trabajo; y hacerlo como un servicio a Dios y a los demás. Además de su ejemplo, también sus enseñanzas ponen de relieve la importancia humana y sobrenatural del trabajo, como muestra por ejemplo en la parábola de los talentos, donde encarece la obligación de hacer un trabajo fecundo, en consonancia con la propia capacidad (Mt 25,14-30).


En definitiva, «la actividad laboral debe contribuir al verdadero bien de la humanidad, permitiendo “al hombre individual y socialmente cultivar y realizar plenamente su vocación”. Para que esto suceda […] es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo» (Benedicto XVI, Homilía 19-III-2006). Esta espiritualidad comporta: trabajar bien, hacerlo con rectitud de intención, orientarlo al bien de las personas y dirigirlo a la gloria de Dios. Así lo exponía san Josemaría Escrivá: «Todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres).

 

Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –a manifestar su dimensión divina– y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica» (Conversaciones, n. 10). De este modo el trabajo, incluso el más monótono y sencillo según los criterios terrenos, será una tarea santificada y santificadora.