Navidad

Viernes 1 de diciembre de 2017

Los peregrinos que entran a la Basílica de la Natividad, en Belén, deben inclinarse para pasar por la diminuta puerta de entrada. Al visitante se le recuerda que para enfrentar el misterio de la Encarnación del Verbo -la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha carne- debe abajarse en su soberbia racionalista y autosuficiente. Debe abrirse por la humildad a la grandeza del Dios hecho Niño, adorar a Jesús pequeño y desvalido; asombrarse viendo como el más grande se hace pequeño; el más importante nace pobre y oculto; el Todopoderoso no puede valerse por sí mismo; el Verbo no puede hablar; el Pan de Vida debe ser alimentado; el Amor mismo necesita ser amado…


Con la Encarnación, Jesús asume toda la vida del hombre sobre la tierra, redimiéndola y santificándola de raíz. Los treinta años de vida oculta son un alternarse continuo entre el hogar de Nazaret y el taller de José; es decir, un alternarse entre la familia y el trabajo; el trabajo y la familia. Jesús vive la vida de todo hombre sobre la tierra -menos en el pecado- con todas sus menudencias, inmediateces y avatares. La vida terrena de Jesucristo constituye un colorido cuadro en el que se mezclan la alegría, el amor y el dolor, el descanso y el cansancio, el trabajo y la relación con los demás, la entrega, el servicio, la muerte y la Resurrección. De esta riquísima armonía vital brotan los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su Vida.


Cada Navidad es un tiempo de gracia para volver a Jesucristo y hacer del encuentro con Él, el sentido de nuestra vida terrena. Él es la Verdad, el Camino y la Vida. Delante del pesebre, junto al árbol de Navidad, cada uno quiere poner a los pies de Jesús-Niño los regalos de su entrega y amor renovado.