Suscríbete a nuestro Newsletter
y mantente informado de todo
Te puede interesar:
Te puede interesar:
Te puede interesar:
Te puede interesar:
Viernes 4 de Septiembre de 2026
La prevalencia de historia de caries bajó de 70% a 55% desde el 2007 a la fecha, según el primer estudio nacional comparable en casi veinte años. Pero la mejora no llegó de forma pareja: el indicador alcanza 63% en escolares de establecimientos públicos y 29% en particulares pagados, y el 42% de los niños presenta al menos una carie cavitada sin tratar.
Escrito por Lucas Bizarri
La prevalencia de historia de caries entre los escolares de seis años en Chile disminuyó de 70% a 55% respecto de 2007, según el primer estudio nacional comparable realizado en casi dos décadas. La investigación, desarrollada por investigadores de la Facultad de Odontología de la Universidad de los Andes y financiada por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) a través del Fondo Nacional de Investigación y Desarrollo en Salud (FONIS), con apoyo de Pepsodent-Unilever, examinó a 2.486 niños de primero básico de 322 establecimientos de las 16 regiones del país.
Junto con la caída en la prevalencia, la medición registró una disminución en el promedio de dientes temporales afectados, que pasó de 3,7 a 2,3 por escolar. Es, en términos gruesos, un tercio menos de daño acumulado en la dentición de leche de cada niño de esa edad.
El estudio, sin embargo, no describe solo una mejora. El 42% de los escolares examinados presenta al menos una caries cavitada sin tratar y en un 6,2% la enfermedad avanzó más allá de una cavidad, con daño que puede estar asociado a infección. En conjunto, cerca de 90 mil niños de seis años —el 41% de ese grupo de edad— tienen hoy una necesidad actual de atención odontológica.
El dato que ordena la lectura del estudio es la diferencia según dependencia del establecimiento. La prevalencia llega a 63% entre los escolares de colegios públicos y a 29% entre los de particulares pagados: más del doble. El promedio nacional actual todavía no alcanza, en varios indicadores, la situación que ya tenían hace casi veinte años los escolares de establecimientos particulares pagados.
Para la investigadora de la Facultad de Odontología de la Universidad de los Andes Valeria Ramírez, esa distancia no se explica por conductas individuales. “En un análisis, es lo estructural lo que afecta. Los cambios estructurales son los más difíciles de vencer, porque tienen que ver con la vida de las personas”, señala. “El nivel de higiene es algo clínico muy importante, pero tiende a diluirse: pesan más otros factores”.
La oportunidad perdida, sostiene, está en la jornada escolar. “La oportunidad es el cepillado en los establecimientos, que es algo que no se realiza. Hay que generar los momentos y las oportunidades con las comunidades y apoderados, en higiene y en alimentación”. Y advierte que esas políticas requieren fiscalización para funcionar: “Como la política de los kioscos saludables, porque puede ser que el establecimiento aplique la medida, pero el vendedor de dulces o alimentos no saludables está justo afuera del colegio”.
En el plano de los hábitos, la investigadora apunta al reemplazo de jugos y bebidas azucaradas por agua, a la frecuencia del cepillado y al tiempo de permanencia de los alimentos en la boca. “Los niños pasan muchas horas fuera de sus casas, por eso es vital reforzar los hábitos durante su jornada escolar. La educación hacia apoderados y educadores también impacta mucho”.
Ramírez identifica un punto de quiebre en la trayectoria preventiva. “Existe mucho esfuerzo en los preescolares, lo cual es algo muy bueno, pero después hay un relajo. Los niños llegan a primero básico y todas esas actividades de prevención se terminan». Enseñar esos hábitos más tarde, agrega, es considerablemente más difícil: «En un preadolescente de doce años cuesta un montón”.
La consecuencia, plantea, es que la continuidad del apoyo determina el resultado. “Si la ayuda no es continua, lamentablemente caemos en un azar respecto a la salud oral de quienes participaron en esos programas”. El estudio aporta un indicador que refuerza esa urgencia: un 4% de los niños de seis años ya presenta daño en dientes permanentes, apenas erupcionados. Un comienzo en desventaja frente a la meta sanitaria de llegar a los 80 años con 20 dientes funcionales.
Consultada sobre cuál debería ser el papel del odontólogo si la prevención cotidiana ocurre principalmente fuera de la consulta, Ramírez responde que la respuesta es doble. “El odontólogo debe seguir tratando lo que tiene que tratar”: el porcentaje de dientes no tratados con caries grandes, dice, puede estar produciendo dolor, problemas de masticación y otras consecuencias. Pero a eso suma una función formativa. “El odontólogo tiene que ser un ente capacitador de la comunidad, porque esto no se hace cada seis meses o cada año. Los niños lo tienen cada muchos años, a no ser que lo paguen afuera”, en conjunto con nutricionistas, médicos y otros profesionales de la salud.
Sobre el rol de las familias, la investigadora prefiere hablar de conductas y de contexto antes que de responsabilidad. “Las familias, dentro de sus propios determinantes económicos y sociales, priorizan. Y culturalmente se priorizan cosas que damos por sentado, pero que no están disponibles”. Los padres, dice, operan sobre todo como moduladores: “Los niños aprenden más con el modelaje, viendo que el otro lo hace y se preocupa. No es solamente educar a los niños, sino a los padres”.
Ahí introduce una distinción que considera clave para leer los resultados: saber no equivale a poder. “Hay una pirámide: personas que saben que algo es beneficioso, un porcentaje que hace algo al respecto y un porcentaje todavía más pequeño que termina realizando los cambios efectivos de manera periódica. Si no hay un reforzamiento, es muy difícil sostener esos cambios”. La analogía que usa es urbana: “Si yo no tengo veredas, no voy a salir a caminar. No por falta de ganas, sino por falta de infraestructura”.
Por su parte, el Dr. Duniel Ortuño, académico de salud Pública de la Facultad de Odontología Uandes agrega que “se ha mejorado. Tanto el sistema público como el privado han dado énfasis en prevención. Pero, según la última Encuesta Nacional de Salud, en Chile casi 10 millones de personas tienen al menos un diente con caries. Por lo tanto, llegamos tarde. Igual tenemos que hacernos cargo de la restauración de esos daños, pero la evidencia dice que lo mejor es invertir en prevención, sobre todo a edades tempranas. Ese es uno de los incentivos de este estudio: nosotros vamos a los seis años, queremos ver qué pasa en los grupos más jóvenes“.
Además, complementa que “hay estudios que han demostrado que cuando existe un ecosistema familiar saludable, y no solo en salud bucal, ayuda a una mejor salud de todos los individuos. Eso se llama transmisión social de las enfermedades y se da en la familia. La familia es fundamental”.
La medición de 2007 se realizó en un período en que el Ministerio de Salud había priorizado a los niños de seis años dentro de sus políticas de salud bucal. El informe de entonces planteó expresamente la necesidad de evaluar posteriormente esas estrategias, para medir su impacto y contar con información que permitiera orientar recursos. Esa evaluación nacional tardó casi dos décadas en llegar.
Ramírez atribuye la demora a las condiciones de financiamiento y a la complejidad operativa de un estudio de este tipo. “Se compite por el FONIS en relación con la salud en general, y la caries pasa a segundo plano claramente. Es difícil adjudicarse un FONIS por esa razón: la capacitación, la coordinación. Es una tarea muy compleja de realizar”.
Con los datos ya disponibles, la investigadora sostiene que hoy es posible evaluar programas y coberturas efectivamente alcanzadas, y revisar medidas específicas como la aplicación de barniz de flúor. Entre los hallazgos que considera más desafiantes está el comportamiento territorial: la Región Metropolitana es donde más dientes se extraen, y las zonas más urbanas muestran menor posibilidad de tratar las caries. “Es contra lógica, pero es algo que se ha repetido en los resultados obtenidos”. Con otra definición de ruralidad, añade, los niños rurales aparecen con mejor acceso y, a la vez, con más daño.
“Saber dónde estamos y hacia dónde vamos ha sido nuestro mantra de trabajo”, resume. Por primera vez en casi veinte años, dice, es posible cuantificar la brecha: no solo cuánta caries hay, sino cuánto falta y dónde. “Antes no sabíamos cuánta era esa brecha, ni el porcentaje de acceso al tratamiento, que también es bajo”.

y mantente informado de todo