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Jueves 1 de Octubre de 2026
No estamos hechos para desarrollarnos como personas de manera aislada. Nos necesitamos: somos seres sociales y contamos con el apoyo de otros para llegar a ser lo que queremos ser.
Escrito por Universidad de los Andes
El acompañamiento es clave en todo momento, y más aún en períodos de vulnerabilidad, como la enfermedad, o de desafíos fuertes, como la formación profesional: marca y muchas veces define los resultados de esos procesos. Y es valiosísimo, humanamente hablando, durante los procesos mismos. Si pensamos en el trabajo que desarrollará una enfermera, una matrona, una nutricionista o cualquier estudiante de carreras de la salud en su vida profesional, el apoyo que reciba durante la vida universitaria resulta extremadamente necesario, porque tendrá que dedicar muchas horas al aprendizaje teórico y clínico, con serenidad, con espíritu amplio, con energía. Si ese estudiante carga además con la preocupación de costear estos años de aprendizaje, en los que con dificultad logra generar algún ingreso por el poco tiempo que dispone para trabajar de manera remunerada, todo se hace cuesta arriba. Tener resuelto el tema de los recursos, diría, puede llegar a definir su panorama profesional futuro, sea como un auspicio o, por el contrario, como fuente de grandes tropiezos.
La importancia de la tarea profesional de quien vela por el cuidado de una persona —del paciente y su familia— día tras día, 24 horas al día, es indudable. Para quien ha sido paciente, ha estado hospitalizado o ha tenido a un ser querido hospitalizado, es una certeza. A mí y a mi equipo directivo nos toca entrevistar a muchos profesionales, un número importante de ellos recién egresados, todos ansiosos por empezar a desempeñarse en su profesión. En un plazo breve advertimos cómo han sido formados, qué grado de madurez tienen, cuál es su disposición al estudio y cómo han trabajado su vocación profesional y su espíritu de servicio. Cinco años de pregrado en estas carreras podría parecer mucho; sin embargo, en ese período deben desarrollar madurez y adquirir conocimientos y competencias de cuidado que impactarán la salud y la vida de otros. En ese sentido, cinco años es poco, especialmente considerando que esto ocurre, la mayoría de las veces, entre los 18 y los 22 o 24 años, es decir, a una edad temprana. Ese estudiante, además, deberá haber procesado cuál es su visión de la vida, del sentido del dolor, de la muerte y de lo que hay más allá de ella. En esos años necesita espacios para reflexionar, y hacerlo acompañado y guiado por profesores y mentores con experiencia. Esa o ese joven necesita buenos modelos: profesores que inspiren y que dediquen tiempo a sus alumnos. Tendrá que ocuparse de desarrollar resiliencia, paciencia y esperanza, de incrementar su capacidad de compasión y, al mismo tiempo, de lograr una postura profesional que inspire confianza. Todo eso ocurre durante la vida universitaria.
Por todo esto, pienso que comprometerse con la iniciativa del Giving day, para construir una comunidad de apoyo, es una tremenda inversión social. Y, desde mi perspectiva, una inversión en la calidad de la atención de salud que todos queremos y esperamos tener el día que necesitemos atención profesional.
Ana Larrain Sundt
Directora Cuidado al Paciente
Clínica Universidad de los Andes
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