Jueves 1 de Octubre de 2026

Viento a favor y deudas que se pagan hacia adelante 

Alfredo Enrione

Hace unos días recordé un libro que me impactó: “Éxito y suerte: la buena fortuna y el mito de la meritocracia”, del economista y profesor de Cornell Robert Frank. Según el autor, hay personas que sienten que nadie les regaló nada y que todo lo que tienen se lo deben a su esfuerzo y trabajo incansable. Estas personas tienden a ser menos empáticas con sus pares menos afortunados. Ven los impuestos como una expropiación de su esfuerzo personal. Otras ven en sus éxitos mucho menos de su propio mérito y reconocen que han sido tremendamente afortunadas. Son personas más generosas y compasivas con los demás. Frank recoge una metáfora de dos colegas: el ciclista recuerda los vientos en contra porque los sintió y tuvo que luchar contra ellos. Asimismo, olvida los que iban a favor porque no costaron nada. Al final, jura que pedaleó solo. 

Al terminar el libro probé un ejercicio: listar todas las personas que Dios puso en mi camino y que me ayudaron a llegar donde estoy. La lista se hizo imposible. Mis padres, mis abuelos, el profesor que me hizo ver que las matemáticas eran bellas, la que me obligó a leer el Quijote entero, el que nos dejó maravillados con la filosofía. Después, en la universidad, el mentor que me empujó hacia la vocación de enseñar. Quien me invitó a la Universidad de los Andes. Son cientos. 

Y esa lista es sólo la parte visible. Lo demás lo recibí antes de poder agradecerlo. La inteligencia viene en buena parte en los genes, y nadie elige los suyos. El carácter, los valores, el gusto por el esfuerzo se forman en una casa, en un barrio y en un país que tampoco elegimos. Lo que llamamos mérito se cocinó en una infancia donde no tuvimos voz ni voto. 

Llevo casi treinta años interactuando con líderes empresariales. Personas brillantes, con logros extraordinarios. Trabajaron duro, cierto. Muchos tuvieron un colegio que enseñaba a pensar, alguien que creyó en ellos o un apellido que abría puertas. Otros partieron de abajo. Cuando uno les pregunta, siempre aparece alguien: una madre que no los dejó abandonar, un mentor que les vio algo, un profesor que los inscribió en un concurso sin avisarles. Viento a favor. Los líderes que no lo reconocen terminan creyendo que los demás no llegaron porque no quisieron. 

Aquí entra el Giving Day. Uno de cada cinco alumnos de esta universidad estudia con una beca. Si Frank tiene razón, son los que lucharon con más vientos en contra. No fueron al colegio de élite, no tuvieron al profesor que les mostró el Quijote, no había en su casa quien hubiese vivido el camino a la universidad. Y aun así están sentados en la misma sala, con las mismas notas, que quienes corrieron con todo a favor. La lotería que perdieron se corrige con dinero: la del arancel. Una beca no fabrica talento ni ganas, sólo retira el último obstáculo. 

¿Y por qué pagarle a un desconocido lo que debo a mis padres o a mi profesor de matemáticas? Porque lo que recibí nunca fue un préstamo entre dos personas. Fue una posta. Mis padres lo recibieron de los suyos, mi profesor de algún profesor que yo nunca conocí. Nadie en esa cadena le devolvió nada a quien lo ayudó; todos pagaron hacia adelante. Mis acreedores no vendrán a cobrar, y la mayoría no aceptaría nada. La deuda es con la cadena, y la cadena sólo acepta una moneda: pasar el testimonio al siguiente. 

El 8 de octubre es el día de agradecer y devolver. Quien crea que no debe nada, que intente hacer la lista. Apuesto que fracasa igual que yo. 

Prof. Alfredo Enrione 
Director del Centro de Gobierno Corporativo y Sociedad 
ESE Business School, Universidad de los Andes 



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