Miércoles 1 de Julio de 2026

Centro Signos abordó los desafíos de la universidad ante la inteligencia artificial y los cambios sociales

José Antonio Guzmán y Raúl Figueroa participaron en una nueva edición del ciclo “Discusiones actuales”, moderada por Gabriela Caviedes, investigadora del Centro Signos UANDES.

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La inteligencia artificial, la transformación del mundo del trabajo, los cambios en el perfil de los estudiantes y el debate sobre la duración de las carreras han reabierto preguntas sobre el papel de la universidad en el contexto actual. En torno a estos temas se desarrolló “La Universidad en un nuevo contexto”, encuentro organizado por el Centro Signos Uandes en el marco del ciclo “Discusiones actuales”.

La actividad se realizó el martes 30 de junio, en el Auditorio B del edificio Biblioteca, y contó con la participación de José Antonio Guzmán, Rector de la Universidad de los Andes, y Raúl Figueroa, director ejecutivo del Instituto UNAB de Políticas Públicas. La conversación fue moderada por Gabriela Caviedes, investigadora del Centro Signos Uandes.

El diálogo se estructuró a partir de tres funciones esenciales de la universidad: la formación de estudiantes, el desarrollo de investigación y la vinculación con la sociedad. Desde esa mirada, los expositores analizaron cómo estas dimensiones se ven interpeladas por transformaciones culturales, tecnológicas y sociales que obligan a revisar prácticas, metodologías y formas de acompañamiento, sin perder aquello que define a la institución universitaria.

Uno de los primeros temas abordados fue el cambio en el perfil de los estudiantes. La conversación puso énfasis en que los jóvenes que hoy ingresan a la educación superior han crecido en un entorno marcado por redes sociales, polarización, experiencias de pandemia, incertidumbre respecto del futuro y mayores desafíos socioemocionales. A ello se suma que una proporción relevante de estudiantes pertenece a la primera generación de sus familias que accede a la universidad, lo que plantea exigencias adicionales de orientación, acompañamiento y adaptación a la vida universitaria.

En ese contexto, José Antonio Guzmán planteó que la universidad debe adaptarse a los nuevos estudiantes sin mirar el pasado con nostalgia. “Los estudiantes que nos toca a nosotros formar tienen una serie de virtudes que quizá nosotros no teníamos”, señaló. A su juicio, no se trata de comparar generaciones, sino de asumir la responsabilidad de formar a los jóvenes en el contexto que les corresponde vivir.

La conversación también abordó la necesidad de fortalecer una relación más cercana con los alumnos, institucionalizar apoyos socioemocionales y adaptar los currículos a un mundo profesional y social en cambio. Desde esa perspectiva, la universidad no puede limitarse a exigir que los estudiantes se ajusten a modelos previos, sino que debe hacerse cargo de sus nuevas necesidades, sin renunciar a la exigencia académica ni a la formación integral.

Raúl Figueroa profundizó en esa idea al señalar que la institución universitaria debe mantener su vocación reflexiva, pero con mayor capacidad de respuesta ante el entorno. “La universidad es un espacio, por definición, de reflexión, pero no puede ser un espacio de pausa o una cápsula del tiempo donde no pase nada”, afirmó. En esa línea, sostuvo que la universidad debe ser más ágil para comprender las expectativas, inquietudes y necesidades de sus estudiantes.

Otro de los desafíos tratados fue el pedagógico. En un entorno donde los jóvenes reciben estímulos permanentes, rápidos y diversos fuera del aula, la experiencia universitaria debe ser significativa y formativa, más allá de la transmisión tradicional de contenidos. Sobre este punto, Figueroa advirtió que los profesores deben revisar sus formas de aproximarse a los estudiantes: “si no cambiamos la manera de aproximarnos a los jóvenes, simplemente nos van a descartar”.

La inteligencia artificial fue uno de los ejes centrales del encuentro. Los expositores coincidieron en que estas herramientas ya forman parte del trabajo cotidiano de estudiantes, académicos e investigadores, por lo que el desafío no consiste solo en regular su uso, sino en formar criterios para utilizarlas adecuadamente. La universidad debe enseñar cuándo la IA puede ser una herramienta útil y cuándo es necesario prescindir de ella para resguardar procesos propios de maduración intelectual.

Desde esa mirada, el Rector Guzmán sostuvo que la formación universitaria debe seguir poniendo el foco en aquello que no puede ser reemplazado por la automatización. “Tenemos que realmente enseñarles a pensar”, señaló, aludiendo a la importancia de desarrollar hábitos intelectuales, capacidad de razonamiento, lectura crítica y profundidad en el análisis.

La irrupción de la IA también obliga a revisar las formas de evaluación. En muchas áreas, evaluar únicamente respuestas finales resulta cada vez menos suficiente, dado que esas respuestas pueden ser generadas o asistidas por herramientas tecnológicas. Por eso, durante la conversación se subrayó la necesidad de observar cómo los estudiantes se aproximan a los problemas, qué preguntas formulan, cómo analizan el contexto y de qué manera construyen soluciones.

Figueroa sintetizó ese desafío al plantear que “evaluar la pregunta más que evaluar la respuesta” comienza a tocar un aspecto esencial de la formación universitaria. Desde esa perspectiva, el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de enfrentar problemas complejos adquieren especial relevancia para preparar a los estudiantes ante un futuro profesional incierto y en permanente transformación.

Junto con los desafíos tecnológicos, la conversación abordó la importancia de preservar la universidad como espacio de deliberación y confrontación de ideas. En un contexto marcado por presiones culturales, autocensura y polarización, los expositores destacaron que la vida universitaria requiere apertura a perspectivas diversas, respeto por las personas y disposición a discutir argumentos con rigor.

El Rector Guzmán enfatizó que la universidad debe ser un espacio donde los estudiantes puedan exponerse a miradas distintas y desarrollar su pensamiento a partir del debate. “La universidad es por definición un espacio de reflexión, de confrontación intelectual”, sostuvo. En esa línea, planteó que el respeto personal no debe confundirse con la supresión del disenso ni con la eliminación de ideas incómodas o controvertidas.

El encuentro también vinculó estos desafíos con la convivencia democrática. La universidad fue presentada como uno de los espacios donde la reflexión, el disenso y la argumentación deben ser posibles y necesarios. Por ello, se abordó el riesgo de que determinados grupos o agendas capturen espacios que, por definición, deben permanecer abiertos al intercambio plural. En ese contexto, recuperar la centralidad de la evidencia, los datos y el debate razonado aparece como una tarea clave tanto para la vida académica como para la discusión pública.

Hacia el cierre, la conversación destacó la formación del carácter como una dimensión relevante para enfrentar los desafíos actuales. La capacidad de escuchar, resistir la imposición de ideas únicas, dialogar con quienes piensan distinto y enfrentar la incertidumbre no depende solo de competencias técnicas, sino también de una formación humana más amplia. Si bien esta tarea no recae exclusivamente en la universidad, sí forma parte de su contribución al desarrollo de personas capaces de participar responsablemente en la vida social.



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