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Actualizado el Jueves 20 de Agosto de 2026
Un rostro conocido de un matinal preguntaba días atrás por qué hay que tener hijos. Se le podrían dar muchas razones —económicas, sociales, incluso previsionales—, pero en este espacio quiero dar solo una, la más de fondo: porque los niños son un bien en sí mismos.
Es bueno que en el mundo haya muchos niños y gente joven. No es deseable —ni sano, ni sostenible— un mundo repleto de viejos, donde la infancia se vuelva una rareza estadística. Los niños son fuente de alegría, de renovación, de energía; traen consigo una mirada nueva sobre las cosas que los adultos solemos dar por sentadas. Una sociedad que deja de tener hijos no solo envejece: pierde su capacidad de asombro.
Pero hay algo más, quizás lo más importante: los hijos nos obligan, a quienes somos padres, a salir de nosotros mismos. Nos descentran. Nos hacen velar por otro que no elegimos a nuestra medida, que no depende de nuestro estado de ánimo ni de nuestros planes, y que sin embargo se vuelve el centro de nuestros desvelos. Esa salida de sí, ese aprender a querer a alguien distinto de uno mismo, es una de las escuelas de humanidad más completas que existen.
En este Día de la Niñez, más que celebrar con globos y regalos —que también—, valdría la pena recordar que los niños no son un proyecto de vida entre otros, ni una opción de consumo, ni una carga que hay que justificar con razones prácticas. Son, sencillamente, un bien irreemplazable. Y una sociedad que lo olvida termina, tarde o temprano, deshumanizándose.
Jimena Valenzuela, directora del Instituto de Ciencias de la Familia (ICF).
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