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Viernes 3 de Julio de 2026
Investigadores de la UANDES lideran avances en ingeniería sísmica en Chile: normas actualizadas, alerta temprana y riesgos como la Falla de San Ramón, en comparación con el reciente sismo en Venezuela.
Edificio Alto Río de la ciudad de Concepción tras el terremoto del 27 de febrero de 2010.
Coincidiendo con el trágico terremoto en Venezuela, cuyo saldo de víctimas fatales continúa, lamentablemente, en aumento, se cumplen 16 años de aquel terremoto ocurrido en Chile a comienzos de 2010 que, junto con el tsunami que le siguió, se convirtió en el segundo de mayor magnitud registrado en la historia, superado únicamente por el ocurrido también en Chile, en la localidad de Valdivia, en 1960.
La ingeniería chilena, sometida a la arremetida de grandes terremotos en los últimos 40 años (magnitud: 8.0 en 1985 y 8.8 en el año 2010), ha desarrollado un modelo avanzado a nivel mundial comparable a países como Japón y Estados Unidos con estrictas normas de edificación que resisten sismos de gran intensidad. El objetivo ha sido prevenir el colapso de la infraestructura destinada al resguardo de la vida, y aunque el temor a un nuevo terremoto entre los chilenos persiste, hay confianza en las investigaciones y en el trabajo de los expertos.
El 27 de febrero de 2010, un sismo de magnitud 8,8 en la escala de Richter con epicentro en la Región de Ñuble (antes Biobío) puso a prueba el diseño y ejecución de las construcciones en altura en centros urbanos como Santiago, Concepción y Valparaíso. En mayo de 2026 en La Tercera, el decano de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de los Andes, Rodrigo Astroza, sostenía que ya hace más de una década la ingeniería sísmica que se practica en Chile es “muy robusta”.
El medio millar de fallecidos que dejó el sismo de 2010 pudo haber sido mayor, a juicio de Astroza, de no ser por la normativa vigente en ese entonces. Sin embargo, el académico recalca que, a pesar del alto estándar que rige la construcción en el país, se detectaron “problemas asociados a clasificación de suelos, control de deformaciones, desempeño de muros de hormigón armado, detalles de confinamiento y daños no estructurales”.
La actualización de la norma sísmica NCh433:2026 entró en vigor en marzo de 2026. Entre otras mejoras, incorpora una clasificación sísmica de suelos más precisa; nuevas exigencias para suelos complejos; el período predominante del suelo; aclaraciones para estudios de amenaza sísmica; y requisitos para nuevos materiales y sistemas estructurales (especialmente estructuras de acero y de madera, entre otros).
Los principales aspectos de la nueva norma fueron abordados en mayo pasado en el seminario “Diseño Sísmico de Edificios: nuevo proceso de la norma NCh433” (ver video en Youtube).

Decano de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de los Andes.
El pasado 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por un doble sismo (magnitudes 7,2 y 7,5) con epicentro cerca de Yumare, estado Yaracuy, a pocos segundos de diferencia entre ambos movimientos. La zona más devastada fue el estado La Guaira, donde se desplomaron de forma total más de 189 edificios. El balance oficial más reciente, anunciado por las autoridades, elevó la cifra a 2.295 muertos. Desde entonces se han registrado varias réplicas en zonas urbanas del país, como Caracas.
Para el profesor Astroza, lo primero es diferenciar lo ocurrido en Venezuela de la experiencia general de los sismos en Chile, especialmente con el terremoto del 27/F: “Los terremotos más comunes en Chile, como el del 2010, son por subducción, en los cuales la liberación de energía se produce por el contacto entre las placas que está en el océano, y esa profundidad es mayor, cerca de 35 a 40 kilómetros”, indica. En Venezuela, por el contrario, el reciente sismo se dio a poca profundidad y en un sector donde se concentra buena parte de la población, aclara el ingeniero.
Astroza añade que la normativa vigente en Venezuela es buena y que se actualizó en el año 2020. No obstante, “el sistema constructivo en Venezuela, está basado en marcos con muros de relleno, que son básicamente divisorios. A diferencia de lo que tenemos en Chile, que son edificios de muro con resistencia importante y que no permiten que la estructura se deforme mucho. Otro factor es que en Chile, si se produce daño en un lado, no se compromete la estabilidad general de la estructura, evitando colapsos y derrumbes del tipo tortas, en donde los pisos caen unos sobre los otros”.

La NASA publicó imágenes del satélite Senitel-1 en donde aparece en color rojo la probable afectación de construcciones en la zona del epicentro.

Investigadores chilenos, entre ellos el decano Rodrigo Astroza, Sergio Ruiz (Universidad de Chile) y Jawad Fayaz (University of Exeter), desarrollaron HEWFERS, un sistema de alerta temprana basado en inteligencia artificial que predice la intensidad de un terremoto con 30 a 40 segundos de anticipación, usando terremotos de Japón como base de prueba. A diferencia de otros sistemas existentes, que se enfocan en anticipar la magnitud del evento, este modelo estima directamente la intensidad sísmica, es decir, la exigencia real que el movimiento les impondrá a las estructuras, lo que permitiría tomar decisiones clave como evacuar edificios riesgosos o detener procesos industriales peligrosos.
El modelo funciona tomando los primeros diez segundos de movimiento registrados por la estación sismológica más cercana al epicentro, y con esa información proyecta la intensidad del sismo completo tanto en esa misma estación como en otras localidades donde las ondas aún no han llegado; si esas zonas cuentan también con estaciones acelerográficas, el sistema puede afinar aún más sus predicciones. Se espera implementarlo a futuro en Chile a través de la red del Centro Sismológico Nacional, siendo especialmente útil para zonas de subducción como el país, donde los terremotos afectan extensas áreas del territorio.
Astroza desarrolló desde 2014, junto a investigadores de la Universidad de California-San Diego y la Universidad de Chile, una metodología de monitoreo de salud estructural (SHM) para edificios, casas y puentes sometidos a terremotos, que integra modelos no lineales de elementos finitos con métodos Bayesianos de estimación tipo batch y recursivos. El objetivo es crear una herramienta de identificación de daño robusta y confiable a partir de la respuesta medida en la estructura durante un sismo —lo que Astroza llama “identificación ciega”—, permitiendo estimar tanto las solicitaciones a las que fue sometida la estructura como los parámetros del modelo, información clave para guiar inspecciones, reparaciones post-terremoto y priorizar recursos.
Con el paso del tiempo, Astroza ha perfeccionado su investigación sobre los posibles daños estructurales tras un sismo. En 2021, sostuvo que “los daños en las estructuras —producidos por sismos— se pueden detectar a través de sistemas de monitoreo, los cuales utilizan datos medidos por medio de sensores de vibración. Luego se procesa la información obtenida y se pueden evaluar los daños y las modificaciones en la respuesta dinámica de estas estructuras, y se pueden tomar decisiones respecto a estas (por ejemplo, sobre reforzamiento o mantenimiento). La investigación contempla la detección de daños en edificios, puentes y aerogeneradores producidos por sismos de mediana y gran intensidad”.
En 2025, el académico de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la UANDES, Francisco Javier Hernández, investigó junto a Astroza nuevas técnicas para estudiar la respuesta sísmica de estructuras, en el marco del proyecto “Robust Novel System Identification Techniques for Seismic Analysis of Nonlinear Structures”. El objetivo es evaluar con precisión el daño local y global que sufren las edificaciones tras un sismo, determinando la deformación de cada elemento estructural incluso en puntos donde no existen mediciones directas. Para ello, el proyecto contempla instrumentar con equipos sísmicos RaspberryShake —de bajo costo— un edificio de 16 pisos en Huechuraba, que se encuentra sobre un tipo de suelo propenso al fenómeno de doble resonancia, una condición que amplifica severamente las demandas sísmicas y que ya causó graves daños en construcciones como el edificio Alto Río en Concepción durante el terremoto de 2010.

Académico de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Uandes.
En Chile las investigaciones en torno a la mitigación de los efectos de un sismo han obtenido reconocimiento internacional. Este es el caso del ingeniero Juan Carlos de la Llera, actual rector de la Universidad Católica, quien ha liderado proyectos ligados a la tecnología del aislamiento que ayuda disipar en hasta 10 veces los posibles efectos de un sismo. De la Llera fue elegido como miembro de la Academia Nacional de Ingeniería de Estados Unidos.
El académico e ingeniero civil estructural de la Universidad de los Andes, José Antonio Abell, se preguntó qué pasaría si un terremoto desencadenara la activación de la Falla de San Ramón. La fractura geológica de unos 50 kilómetros de extensión atraviesa las comunas de Lo Barnechea, Vitacura, Las Condes, La Reina, Peñalolén, La Florida y Puente Alto ha despertado inquietud entre expertos por las construcciones en altura
Utilizando un diseño basado en la inteligencia artificial, Abell logró simular un terremoto de magnitud 6.7 Richter en la zona en donde se ubica la Falla. Los hallazgos estuvieron en la línea de constatar que las construcciones intermedias tienen una altura máxima de 10 pisos. Abell concluyó que “desde el punto de vista del colapso, estamos protegidos por la norma sísmica chilena. Toda estructura que esté de acuerdo con los códigos de diseño chilenos estaría protegida”.
Los hallazgos del profesor Abell fueron recogidos en una nota de La Tercera.

Aacadémico e ingeniero civil estructural de la Universidad de los Andes
La investigación de sismos en Chile está asociada frecuentemente a áreas de las ciencias exactas. Sin embargo, también hay espacio para detectar posibles efectos de un terremoto en otros ámbitos de la vida.
Una investigación conjunta de las Facultades de Educación y Medicina de la Universidad de los Andes, publicada en la revista Scientific Reports, encontró una relación entre el estrés materno provocado por el terremoto de 2010 y el desarrollo de habilidades pre-lectoras en la primera infancia. El estudio, en el que participaron los académicos Sebastián Illanes, Federico Batiz y Pelusa Orellana, evaluó a 3.280 niños —865 de ellos gestados durante el terremoto y expuestos, por tanto, al estrés materno, y el resto como grupo de control—. Los resultados mostraron que los niños expuestos en el vientre materno presentaron entre un 20% y un 25% menos de desarrollo en capacidades como el reconocimiento de letras y fonemas, en comparación con sus pares no expuestos.
Según explicó la académica Pelusa Orellana, coautora del estudio, estas habilidades —comprensión auditiva, conocimiento de la letra impresa, conocimiento del alfabeto, vocabulario y conciencia fonológica— son predictoras del desempeño en lectoescritura durante los primeros años escolares, por lo que su medición temprana resulta clave para anticipar dificultades de aprendizaje. La evaluación se realizó mediante una prueba autoadministrada por los propios niños al ingresar a kínder. Puedes leer la cobertura completa en El Mercurio.




En 2025 se presentó el libro El mito telúrico chileno: Cuando la naturaleza se convierte en villano y tiembla (RIL, 2025), escrito por Margarita Mönckeberg, académica de la Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes.
El libro analiza más de tres mil crónicas periodísticas publicadas tras los terremotos del 22 de mayo de 1960 y del 27 de febrero de 2010, dos de los eventos sísmicos más significativos de la historia reciente de Chile. A partir de ese corpus, Mönckeberg identifica lo que llama una “gran narrativa telúrica”: un conjunto de patrones simbólicos recurrentes que revelan una mitología profundamente arraigada en la identidad nacional.